Gasolinas: ¿partidos de izquierda contra el Estado en México?

Estamos en el peor de los mundos. Por un lado, después de años de depredación de la industria energética, la derecha partidista ha logrado desmantelar la capacidad productiva de Petróleos Mexicanos y han creado mercados concentrados y mal conectados para la distribución de energía (ver este texto de Diego Castañeda). Por otro lado, dicha concentración ha provocado un aumento de los energéticos justo cuando México estaba implementado un impuesto verde a las mismas, en el momento en que han bajado los precios del petróleo y que nuestras finanzas públicas languidecen. De esta manera, las clases medias se manifiestan contra el Estado –y contra el impuesto, no a la concentración del mercado-, y la izquierda partidista en México ha decidido apoyar esta protesta.

En pos de una victoria electoral, estas izquierdas están tirando varios tiros contra su propia supervivencia en caso de ser gobierno. Atacan a la capacidad recaudatoria del Estado (adoptando el lenguaje derechista de comparar a recaudar con un fin malévolo), se olvidan de las capacidades regulatorias del Estado y, paradójicamente, empujan a que la respuesta del Estado sea subsidiar a las clases medias en una coyuntura de bajos ingresos, lo cual llevaría irremediablemente a un aumento de los impuestos por otra vía (el IVA generalizado) o el recorte a servicios públicos. Si sobrevivimos a esta crisis moral del gobierno sin cambios substanciales, de cualquiera manera la izquierda ha decidido gobernar para las clases medias y no para los demás con tal de ganar elecciones. Eso provocará que, cuando sean gobierno, o fallen cumpliendo sus promesas a la clase media o las cumplan desmantelando al Estado mismo.

Me preocupa la incapacidad técnica de la izquierda de enfatizar que hay problemas de mercado e infraestructura, y no problemas con un impuesto específico. En lugar de eso, se han lanzado a la protesta contra la herramienta que ellos deberían querer utilizar para redistribuir. No han propuesto subsidios a ciertos productos o personas para enfrentar la carestía, u ofrecer el aumento del salario mínimo, o arreglar con inversión ciertas áreas. Simple y llanamente se lanzaron contra un impuesto. Si son incapaces de entender las implicaciones de estas coyunturas, ¿qué harán siendo gobierno?

Lo peor, en todo caso, es que estas izquierdas se enfrentarán a un escenario de finanzas públicas todavía peor, se viene el aumento de la deuda, en especial los pasivos del sistema de pensiones (vale la pena revisar el reporte del CIEP sobre este y otros temas). Si la izquierda logra su cometido electoral de presionar a la derecha para impulsar un recorte del impuesto a las gasolinas, entonces estaremos en un severo problema que generaciones de mexicanos tendremos que cargar. Entonces se hará necesario el aumento de impuestos y no precisamente para financiar proyectos públicos.

Un triunfo más de la derecha en México ha sido encuadrar el debate de la corrupción y las finanzas públicas en dos premisas esenciales, la corrupción es solo de servidores públicos y en esta se va todo el dinero público. Obviamente hay casos de sobra para ver que esto sucede, pero la izquierda es incapaz de enfatizar que la corrupción también son las exenciones fiscales (ver el reporte de FUNDAR), son la falta de regulación, la adjudicación de obras y la influencia en decisiones públicas, todo del sector privado. En especial, la izquierda es incapaz de apuntar que a estos grupos son a los que hay que subir impuestos. Además, al concordar a la crítica del gasto público, la izquierda es incapaz de defender aquel gasto que si le llega a los que más lo necesitan: educación pública, salud, seguridad pública, pensiones (sí, las personas mayores necesitan vivir de algo) e infraestructura pública. En lugar de apuntar que la corrupción es una privatización de lo público, han dejado impune el discurso a que la corrupción es ineficiencia y robo del Estado.

Igualmente, nuestra izquierda no es ecologista. Mientras los partidos de izquierda no pueden criticar al Partido Verde si no son ellos verdes primero. Las izquierdas tienen que enseñarle algo claro a los mexicanos: la humanidad abusó de las energías sucias (en especial del petróleo) y el planeta (con nosotros en él) sufrirá las consecuencias. La labor política de la izquierda no sólo debe prometer el bienestar sin asumir los costos del mismo, en especial, debe enseñar sobre el costo colectivo que implica el consumo irresponsable de petróleo. Pero, su ceguera es tal que son incapaces de promover que invirtamos en energías limpias, infraestructura de trasporte de carga y transporte público. Hay alternativas, pero no quieren llevarse el costo de atacar al tótem cultura de las clases medias: el automóvil. Pues se las dejo fácil, el automóvil nos matará a todos después. El trabajo de la izquierda ecologista (que no hay en este país) es demonizar al automóvil y ofrecer alternativas.

Seguramente muchos creen que con enojo sobra y con gobierno honesto alcanza. Espero tengan la razón, pero dudo mucho que lo logren. Han abandonado la lucha cultural y de posiciones y se han mimetizado con la derecha que busca energías sucias, privilegios para unos sectores y adelgazamiento del Estado. Lo peor es que el fracaso de las izquierdas partidistas en México será un fracaso para el país y su eliminación del escenario político en el futuro. Cuando la borrachera de industrialización sucia se haya detenido por la crisis que se avecina, entonces la derecha tendrá todo el camino para hacer y deshacer lo que quiera.

No coincido con que la izquierda partidista en México debe subirse simplemente a la rabia popular. Debe redirigirla y educarla, por más chocante que suene. Debe hacerla progresiva, ambientalista y a favor de transformar y robustecer al Estado. Si no hace eso, no veo porqué deba seguirla llamando izquierda.

Otro mundo posible, otra izquierda posible

No me preocupa mucho la usual contradicción en la que caen los derechistas al exigir democracia y derechos en Cuba mientras ellos son incapaces de defender lo mismo en México. Ellos defienden un orden jerárquico del mundo y atacar a cualquier proyecto político que lo desafíe es parte natural de su comportamiento. En cambio, me preocupa más lo que los ciudadanos de izquierda tengamos que decir ante la muerte de Fidel Castro. Pero no sólo ante la muerte de Fidel, también ante un debate que se ha dado en los últimos días sobre los votantes obreros blancos de Donald Trump.

Claramente juzgar al Fidel Castro y a la Revolución Cubana con nuestros estándares actuales es injusto. En esos tiempos las alternativas electorales de las izquierdas en América Latina eran perseguidas, prohibidas, marginadas o saboteadas. Tener un gobierno de izquierda en la región era un logro extraordinario, era una hazaña imposible. Por eso hay una admiración autentica esa lucha. Muchos somos hijos de una generación de hombres y mujeres que pensaron que un mundo diferente era posible gracias a los barbudos. No obstante, el problema de Fidel fue no cambiar a Cuba, ya pasada la coyuntura de la guerra fría, hacia una apertura a favor de las libertades y la democracia. Por eso, más que suscribir a los liberales de derecha que demandan libertades allá, porque su animadversión está más dirigida a la idea de lo colectivo, creo más bien la crítica de izquierda que se ha hecho a Cuba y la Unión Soviética y a muchas alternativas de izquierda en la región: sin derechos humanos y sin libertad no podemos pensar la igualdad.

También estoy consciente que Cuba fue un estandarte de un valor que no podemos dejar de pensar: el antimperialismo anticolonial. Uno de los logros más extraordinarios de Cuba y las revoluciones socialistas en África fue darle fin al colonialismo europeo y norteamericano. No es poca cosa. La vocación internacional por la libertad también implica la libertad de las naciones ante otras. Sin embargo, la liberación de un pueblo ante otro gobierno no justifica moralmente, desde mi perspectiva, imponer un régimen dictatorial hacia el interior. No importando mucho mi opinión personal, las decisiones alrededor de la libertad nacional y la libertad de los ciudadanos deben ser dirimidas por los ciudadanos. Serán los cubanos quienes decidan en el largo aliento el país que quieren ser. Serán ellos y sólo ellos quienes reconciliarán el legado anticolonial del castrismo y la herida profunda del exilio.

Mi posición siempre ha sido que no hay libertad sin igualdad y no hay igualdad sin libertad. Ni si quiera es un postulado socialista, es un postulado de la vieja filosofía occidental. Una parte de la alternativa socialista optó por imponer la igualdad y a esperar a la libertad cuando hubiese desaparecido el fin Estado. Yo no veo cercano el escenario de un mundo sin Estado o sin Estados, luego entonces no creo en una ponderación entre valores sólo por esperar que la última herramienta de control social desaparezca. Sin embargo, lo hecho en Cuba, y en muchos otros países, que logró reducir o desaparecer cosas tan terribles como la falta de educación, vivienda, salud y comida, siempre debe ser visto como una gran obra humanitaria. Simplemente hay que decir que deseamos eso y también la libertad.

No postularía al un modelo cubano como alternativa para mi país, pero tampoco acepto que los productores de miseria, los derechistas, sean quienes nos den lecciones de moralidad liberal. Un liberal autentico como John Stuart Mill o Rawls claramente vería imposible la libertad sin la igualdad. No me queda claro que el modelo de partido único comunista sea un modelo como el que Rawls pensaba de diferencias justificadas para llegar a la igualdad. Creo que eso es el gobierno democrático. Sencillamente debemos aspirar a lo mejor que se hace en todas las naciones para enarbolar la dignidad humana.

Por eso, para mí es preocupante que desde hace muchos años siga latente la misma justificación que se usó con Castro a Hugo Chávez para implementar su agenda. No creo que el antimperialismo siempre tenga que venir acompañado de la manipulación de la democracia. Cuba es comprensible –más no justificable- dada su dependencia de la Unión Soviética ante el bloqueo norteamericano. Venezuela no me parece comprensible con su independencia petrolera. Las izquierdas deben ser socialistas, demócratas y liberales simultáneamente, en la mejor tradición de las libertades políticas que conocemos como derechos civiles. Nuestra oposición debe ser contra el modelo de desregulación sin control del mercado. Cuba y Venezuela, a pesar de las virtudes que tengan, no deben ser nuestros nortes.

Esta posición también implica evitar el otro lado del balance: no debemos ser una izquierda que se mimetice con la derecha. No debemos ser una izquierda que solo busque paliar la miseria del capitalismo. No debemos dejar que nuestras decepciones con las izquierdas como la cubana o la venezolana terminen por lanzarnos a la simulación de la tercera vía o incluso en la derecha reaccionaria. Se puede ser de izquierda y se puede ser crítico del autoritarismo. Prefiero la posición de un Arnoldo Martínez Verdugo oponiéndose desde el comunismo a la invasión soviética a Checoslovaquia que ser un Luis González de Alba, pertrechado en la derecha para ser su juguete preferido. Por eso, el surgimiento de alternativas como Bernie Sanders y Jeremy Corbyn me ha esperanzado en el último año. Para que tengamos otro mundo posible necesitamos otra izquierda posible.

Finalmente, este debate nos debe permitir un ejercicio serio de revisión del complejo legado de Fidel Castro. Igualmente, con ese ejercicio crítico debemos examinar la complejidad que se advierte con la aglomeración de cierto voto obrero blanco a favor de Donald Trump. Aparentemente, algunos creen que, ante el triunfo de una posición de clase dirigida hacia la derecha, es tiempo de enterrar la posición liberal de las izquierdas sólo por haber estado asociada a la tercera vía. Nada más falso, las posiciones de clase también están entrecruzadas por aquellas libertades y discriminaciones que millones sufren por condiciones de género, raza, orientación sexual, nacionalidad o creencia religiosa. Al despreciar a la tercera vía, que vio en las condiciones de subordinación por condición una oportunidad electoral, no estamos calibrando un legado que si es de Castro y un error que es de Castro: Cuba encabezó el antirracismo y fue un perpetrador de la discriminación contra poblaciones homosexuales. Hay que separar los liberalismos y entender que el económico no equivale al político. El liberalismo político se traduce en la larga lucha contra la discriminación que, a su vez, también tiene un impacto fundamental en las posiciones de subordinación de clase. Lo que hizo Trump es activar el privilegio racial para separar a los obreros blancos de su condición de iguales ante otros obreros que no son blancos. El liberalismo político no es nada más amabilidad ante la diversidad, es un acto profundo de desmantelamiento de las posiciones de clase que se constituyen en lo simbólico y que condicionan lo material.

Espero que aprendamos de todas las lecciones que los últimos años y las últimas décadas para decir que la revolución socialista también debe ser liberal y democrática, feminista y antirracista, queer y anticolonial, o no será.

No es tiempo de cinismo ante Trump

Llevo tres horas leyendo estadísticas del voto en Estados Unidos y el cuadro no me queda claro. En efecto, los estados desindustrializados votaron por Trump mientras Hillary ganó el voto popular. Tendremos largos días para entender esto, y para los de ciencias sociales, hacer una profunda critica a nuestras disciplinas.

Sin embargo, desde mi profunda convicción de izquierda, me altera bastante que lo único que importa para algunos es la idea de la aceleración de las contradicciones y el fin del sistema, sin importar el sufrimiento humano que puede haber con ello. Incluso, no me queda claro cómo un millonario imperialista no fortalecerá ese sistema.

Me altera que, como los viejos marxistas, lo único que a muchos importe es que haya un problema de estrés económico (que no hemos examinado bien a bien todavía) sin considerar las otras aristas, lo siento, que protegen el liberalismo político (no económico). La tolerancia religiosa, la inclusión de la mujer y las minorías sexuales y la prohibición del racismo son parte de un ideal civilizatorio que deben ser indispensable para la izquierda. No por desear la muerte del sistema, que dudo que muera, hay que reír cínicamente mientras miles de musulmanes, mexicanos (si, mexicanos), mujeres, niños, gays, lesbianas, transexuales, transgénero, travestis, intersexuales y población afroamericana sufrirá. Lo peor, llevamos años reflexionando que estas condiciones estructuran la dominación de clases, pero hoy, cínicamente celebramos que los blancos con una movilidad social desacelerada tomen el liderazgo.

Queramos o no, Hillary, si, desde su feminismo centrista y pro libre comercio, era la barrera que protegía a muchas de estas minorías. ¡Protegía a millones de personas que consiguieron seguridad social en Estados Unidos! Si, ella no representa los valores socialistas de Bernie Sanders, pero era una aliada, si quieren pragmática, de millones de personas que hoy están aterrados y que posiblemente van a sufrir. Hillary, queramos o no, era la opción moral superior y el mismo Bernie Sanders nos lo recordó. Que quede en la consciencia, no era iguales, Trump y Hillary no eran iguales, no representaban lo mismo y una decente lectura de sus posiciones, carreras, incluso los malditos correos de Wikileaks, dejaba clara esa diferencia. Si, el pragmatismo para que otros no sufran era neoliberalismo, no neoliberalismo fascista.

Los riesgos son gigantescos, no sólo por todos aquellos que sufrirán, también por el regreso de la amenaza nuclear y el posible desmantelamiento de las políticas a favor de reducir el calentamiento global en Estados Unidos implementadas por Obama. Estos dos asuntos son cruciales para toda la humanidad. Trump ha hablado ligeramente de usar armas nucleares y ligeramente de que el calentamiento global no existe. Ese personaje dirigirá el gobierno más poderoso el mundo.

No es tiempo de cinismo regodeante que se cansaba de hacerse moralmente superior, sin considerar a los que sufren. Es tiempo de organización y en México, como dice Sergio Silva Castañeda, necesitamos unidad ante la amenaza. Además, de ser solidarios con los aquellos quienes están en Estados Unidos cuando necesiten nuestro apoyo.

¿A los cuantos muertos subimos en PISA?

El día de hoy murieron seis personas, un maestro y dos estudiantes entre ellos, y decenas están heridas en Nochixtán, Oaxaca, después de que la Policía Federal intentara deshacer un bloqueo carretero organizado por infiltrados (el Gobierno de Oaxaca ha dicho esto). El bloqueo se dio a la par de las manifestaciones de la Sección XXII de la CNTE.

Aunque la Comisión Nacional de Seguridad lo niegue, la Policía Federal llevaba y utilizó armas contra los maestros que se manifestaban. Associated Press, Xinhua y EFE fueron las agencias que tomaron las fotografías que aparecen abajo.

La Policía Federal persigue a maestros en el municipio de Hacienda y ha bloqueado que médicos puedan atender a los heridos. Un periodista ha muerto, otro está desaparecido y muchos más han denunciado que la Policía Federal los acosa por hacer su trabajo.

Esto sucede semanas después que gobierno negara cualquier mesa de negociación con la CNTE sobre el contenido de la reforma educativa. La CNTE fue bloqueada en innumerables ocasiones para manifestarse en todo el país para demandar diálogo.

Sea que uno coincida o no con las posiciones de la CNTE (yo coincido que la reforma debe rehacerse sin mecanismos punitivos) o sus métodos, esta represión, inédita, es intolerable, injustificable, profundamente autoritaria y anti democrática. Enrique Galindo, comisionado de la PF, Aurelio Nuño, Miguel Ángel Osorio Chong y Gabino Cue son responsables políticos de estos delitos y deben rendir cuentas.

Sin miedo, el carácter punitivo de esta reforma causó este conflicto. La defensa a ultranza de ese diseño nos llevó a este escenario.

La reforma educativa debe replantearse, debe reabrirse el diálogo y debe removerse a Aurelio Nuño, personaje con el cual es imposible transitar cualquier cambio.

Qué coraje que esto suceda en México.

De impeachments y democracia en América 

Revisando a detalle el caso y la literatura, me queda claro que si hay un uso desmedido del impeachment para destituir a Dilma Roussef. La causa es débil (aunque no me parece una frugalidad que Dilma use el dinero el banco central cuando se le antoje) y sí, Dilma perdió la mayoría de su coalición parlamentaria.

Pero, aunque las voces dicen que hay un Golpe de Estado (Clacso), o golpe legislativo como dicen algunos autores, más bien creo que estamos ante un problema de diseño institucional que se parece más a un desbalance de poderes. En AL y EEUU (más casos que sólo  los de Zelaya y Lugo) parece que los impeachments son casi siempre políticos. Es decir, aunque exista un diseño para desaforar presidentes por causas judiciales graves, este instrumento también parece ser usado para atacar políticamente a un presidente que perdió su coalición legislativa.

El caso de Bill Clinton en EEUU es ejemplar. Se abrió un juicio solo por un perjurio (mentir ante una autoridad). El caso ya no prosperó. Igual sucedió en el caso de AMLO cuando hubo un desafuero por una causa judicial posteriormente fallida (un juez devolvió la causa a la PGR). Estos casos ejemplifican  impeachments que no alcanzaron su objetivo de remover a estos ejecutivos.

En otros casos donde los impeachments si funcionaron parece que hay condiciones similares a las de un golpe de Estado, pero con la diferencia que pueden estar judicialmente justificados en algún umbral. Las condiciones son una pérdida de confianza popular y una élite organizada para el caso. Por ejemplo, el mismo Collor de Mello en Brazil. Además, las élites del los impeachments de estos casos  han sido derecha o izquierda en los impeachments exitosos, no necesariamente de una sola ideología. Y en varios casos los presidentes renuncian (los de Bolivia o Nixon en EEUU). El común denominador es que los gobiernos de los líderes que son sometidos a un impeachment son desastrosos o poco hábiles políticamente.

Que quede claro que me sigue pareciendo que los golpes de Estado por definición no son legales y son resultado de la coerción militar. Como sucede en estos días en África. Pero claramente el procedimiento legal de impeachment puede ser usado políticamente por coaliciones parlamentarias amplias.

De ahí que no sea un crítico tan desafanado del impeachment de Roussef. La corrupción de los gobiernos del PT en Brasil es el origen de la crisis política. Hay suficientes causas judiciales para atacar a todo el gobierno. Esto a diferencia de AMLO en la Ciudad de México, de quién no había evidencia que sustentara una acusación realmente seria. Además que la sociedad civil mexicana (izquierdas y derechas) criticaron el desafuero.  Aunque el caso del impeachment de Dilma es débil, no lo es el argumento central de que su gobierno ha sido un desastre corrupto. Lo que sucede allá es una amplia polarización alrededor del desempeño de los gobiernos del PT.

Es decir, si creo que el impeachment (diseñado para causas judiciales) está siendo utilizado informalmente como un mecanismo de censura de un gobierno sin confianza parlamentaria (no estoy comprando el argumento parlamentarista aquí, aclaro). Luego entonces creo hay un problema de diseño, ya que se usa el impeachment para un propósito diferente porque su reglamentación lo permite.

Esto me alerta para el caso de México. En el artículo 110 de la Constitución, coexiste el juicio político, que es una destitución política, con el desafuero. El asunto es que acá no se ha usado, pero un posible presidente AMLO podría sufrir de un juicio político (que es ambiguo en la constitución).

Entonces, creo que estamos ante un asunto todavía más complejo del que he leído en términos de diseño constitucional. Estamos hablando de subterfugios legales para que el parlamento se imponga ante el ejecutivo. O al menos de un desequilibrio que debe ser reglamentado.

Sin embargo, no considero frugal que ante los periodos presidenciales largos debe haber algún tipo de revisión parlamentaria ante un presidente que pierde confianza popular o maneja un gobierno desastroso. Eso es lo que intenta la oposición en Venezuela ante Maduro. Más que nada hay que discutir los límites y alcances de la capacidad de los congresos para destituir presidentes, además de pensar en que escenarios (no sólo los judiciales) sería deseable o no que se destituya un presidente. Un referéndum revocatorio sería una alternativa.

Termino enfatizando una cosa. Insisto, en la literatura claramente dice que los impeachments exitosos vienen de amplios márgenes de desconfianza al gobierno. El PT y las clases políticas en AL deberían pensar sus formas de gobernar para evitarse, al menos pragmáticamente, un impeachment. Como lo hizo López Obrador acá. La honestidad resulta una excelente manera de evitar la crisis política por impeachment.

No es lo mismo humillación que vergüenza

En el debate que ha desatado el uso de Periscope por parte de Arne (me ahorro los apellidos) para hacer cumplir los reglamentos sobre transito y convivencia cívica se ha argumentado que aquellos que son grabados en vivo son humillados. No profundizaré mucho en la legalidad del caso, sólo diré una cosa: aparentemente, en la lectura legal de varios, las autoridades electas no pueden nada. Sí, la autoridad sólo puede hacer lo que está facultada para hacer, pero, a menos que haya modalidades o restricciones explicitas, la autoridad puede buscar estrategias para cumplir su mandato. Esas se llaman políticas públicas. Sí la autoridad tiene el mandato de hacer cumplir los reglamentos cívicos y de transito, entonces, sin excederse en sus límites legales generales, puede utilizar diversas estrategias para hacerlo. Incluso probar algunas y luego retractarse sí no funcionan. Por lo tanto, no podemos esperar que el gobierno resuelva problemas públicos (el transito imposible y la incivilidad cotidiana) sí no tiene herramientas para hacerlo, o si creemos que las únicas estrategias disponibles son punitivas.

Ahora bien, los que han criticado el programa de la Delegación Miguel Hidalgo han usado la palabra humillación y vergüenza como sinónimos. No lo son. Menos en términos pedagógicos. La humillación implica ridiculización y maltrato. La vergüenza implica decepción ante lo que se espera de uno. En ambos casos hay una sanción social, pero los efectos son diferentes. En el primero se espera crear una imagen irreal o exagerada de algo avergonzante con el fin de herir emocionalmente y tergiversar la imagen. Pero la vergüenza simplemente es la reacción cuando uno es descubierto haciendo algo sancionado socialmente. Es decir, la humillación implica vergüenza pero hacer avergonzar a alguien no implica necesariamente humillarlo. Luego entonces, uno podría usar la vergüenza para que se reconozcan los errores y se aprenda de ellos, sin que implique un daño emocional o una tergiversación de la imagen. Eso sucede en los procesos de crianza. Los padres o tutores esperan que los niños se avergüencen si cometen actos socialmente indeseables. Cómo lograr eso es la parte complicada de la cuestión, ya que uno no debe cruzar el umbral de la humillación y a la vez lograr que el niño reconozca su error. Hay un proceso de enseñanza aprendizaje. Por eso, en muchas legislaciones penales del mundo se utiliza la disculpa pública como manera de avergonzar y enseñar.

Aunque suene paradójico, causarle vergüenza a alguien es una enseñanza que tiene impresa la preocupación genuina por el otro. Quizás la persona no sabe por qué tiene esa conducta, o sí esa conducta daña a los demás, o es consciente de que es un error pero nunca esperó sanción. Pienso en Rousseau en esto. Él en Emilio postulaba que el amor era la forma de educar. Pero no es lo mismo amor que cariño, sino una sincera preocupación por el otro. Al Estado le hemos dado la tarea de preocuparse genuinamente por todos (dandole una dimensión adicional a que el Estado sólo es un gendarme protector).El Estado, aunque no lo queramos, enseña todos los días a los ciudadanos sobre como comportarse. Tanto nos puede dar lecciones positivas, una campaña de vacunación, o negativas, crear pánico con un mensaje mal ejecutado en medios. Por eso hay más de una manera de que el Estado puede actuar, no sólo sancionando penalmente o económicamente. La educación pública, la comunicación social y los programas sociales son formas constantes de pedagogía de lo públicamente deseable por parte del Estado. Además, la mejor parte, para aquellos que son liberales, es que estás vías pueden mejorar comportamientos pero siguen dejando oportunidad a la acción y al albedrío. Ello implica un reto para el Estado, saber sí sus políticas han logrado tener efectos en el comportamiento de la sociedad.

Espero no confundir. No estoy justificando totalmente la acción de Arne. De hecho le criticaría que él ha actuado sin mucha idea de fondo. La vergüenza como instrumento debe ser bien pensada desde un enfoque de mediación de conflictos. Por ejemplo, el funcionario no sólo debería decir lo que dice la ley, también debería explicar por qué existe esa ley, cómo afecta a otros o a la sociedad en su conjunto. Sí hay una persona más involucrada debería establecerse un diálogo. Incluso deberían prevenirse estos problemas al identificar lugares de la ciudad dónde hay continuas violaciones de transito o cívicas y establecer estrategias de mediación. Al final, sí en un extremo esto no funciona, la autoridad si debería utilizar alternativas coercitivas. En fin, quizás lo de Arne puede llevar a la humillación si las palabras que se usan no son adecuadas o sí se hace de cierta manera, sin embargo, el uso de la vergüenza no debería ser censurado sin que lo pensemos a fondo. Una cosa es pedir límites al Estado, a lo que me sumo, y otra cosa es retirarlo de la vida cotidiana, a lo que me opongo.

Comentarios sobre los anuncios en materia de Cascos Azules del Gobierno Federal

El presidente Enrique Peña Nieto anunció, en el marco de la cumbre de líderes sobre las Operaciones de Mantenimiento de la Paz de la Organización de las Naciones Unidas, las siguientes acciones:

  • El despliegue de tropas mexicanas en las Misiones de la ONU en Haití y Líbano.
  • El apoyo de México para la realización del referéndum autonómico del Sahara Occidental.
  • La creación de un centro de capacitación para militares que participarán en Operaciones de Mantenimiento de la Paz.

En un texto que me publicaron en Nexos argumento que México no participaba en Operaciones de Mantenimiento de la Paz de la ONU porque las doctrinas de política exterior y política militar estaban alineadas hacia es aislamiento en temas de paz y seguridad internacionales. Esto cambió porqué hubo una coalición de diplomáticos y políticos que empujaron, ante diferentes presidentes, la posibilidad de participar con efectivos militares en las Operaciones para que México fuera considerado como una potencia media en el ámbito multilateral.

Más allá de las motivaciones, es claro que este es uno de los cambios más importantes de política exterior de los últimos años. Además, era previsible, desde el anuncio en la Asamblea General del año pasado, que México iba a implementar esta decisión con calma. El 13 de marzo de este año la Secretaría de Relaciones Exteriores anunció que se habían enviado dos militares y dos marinos a los Estados Mayores de las Misiones de Mantenimiento de la Paz en Haití y Sahara Occidental. La selección de dichas misiones era lógica, desde el inicio de la Misión de Estabilización en Haití se le solicitó a México participar. En el caso del Sahara Occidental es una región con la que México ha tenido dialogo diplomático y cercanía por el lenguaje.

Estas nuevas decisiones implican que el presidente Peña Nieto tendrá que pedir autorización para la movilización de tropas. Es posible que parte del PRD y los senadores de Morena se opongan, pero el PAN y el PRI respaldarán la decisión del presidente. Será interesante escuchar los argumentos que usarán los senadores y, todavía más, ver si acompañaran las labores del Ejército en estos países.

Vale la pena apuntar que la creación del centro de capacitación para militares que anunció el presidente es un paso en la dirección correcta. En su libro The Myth of the Democratic Peacekeeper, Arturo Sotomayor argumenta que las tropas que pasaron por entrenamiento especializado en Uruguay se integraron de mejor manera en las tareas de la ONU y se sensibilizaron un poco más en temas políticos y humanitarios. Como argumenta Sotomayor en su libro, la participación de militares en las Operaciones no implica que cambiará la visión de los desplegados, será el acompañamiento civil durante el proceso el que puede cambiar percepciones sobre derechos humanos y política humanitaria.

También es simbólico que esto se anuncie poco después de la renuncia de Juan Manuel Gómez Robledo como subsecretario de asuntos multilaterales de la Secretaría de Relaciones Exteriores. El embajador fue el mayor promotor de este cambio de política exterior y deja en el Servicio Exterior a un buen número de diplomáticos expertos en el tema. En esta decisión está impresa la pluma del embajador.

Finalmente, el apoyo de México a las misiones en Haití, Sahara Occidental y Líbano es muestra de que a México le recaerán labores policiales y políticas como participante en estas misiones. El aprendizaje de las tropas mexicanas será valioso y, esperemos, podrá cambiar las percepciones en las Fuerzas Armadas sobre numerosos temas políticos en nuestro suelo. También habrá que ver la manera en que se comporten nuestros militares en el exterior. En México están siendo acusados de violaciones de derechos humanos y las Operaciones de Mantenimiento de la Paz no están exentas de esos casos. Esperemos que la presencia mexicana sea positiva.