Consecuencias inesperadas de un largo sueño anhelado

La instalación de la 64 legislatura del Congreso de la Unión ha causado reacciones airadas de académicos, columnistas famosos y muchas más personas más (muchos de ellos que respaldaban a la antigua coalición gobernante). Sobre todo, un hecho les causa especial horror: un congreso unificado con el Ejecutivo. No obstante, sus quejas son, en sí mismas, una enorme demostración de sus auténticos intereses porque, aunque clamaron por años por un gobierno unificado, lo que no quieren es que sea del partido que no les agrada.

Ahora claman que la mayoría nueva será una fuerza de regresión autoritaria, cuando en cambio celebraron que el Pacto de México arrollara toda oposición interna de los partidos políticos y sus electores. Dicen que el actual presidente quiere apoderarse de todo, cuando este congreso que apoya al nuevo mandatario fue electo democráticamente mientras ellos argumentaban todo tipo de ideas para modificar la voluntad popular: quisieron eliminar a los plurinominales, quisieron hacer gobiernos de coalición, quisieron eliminar el financiamiento público a los partidos políticos. Es decir, aquellos proponían ganar en las leyes lo que no se ganaba en las urnas hoy se dicen horrorizados que alguien les ganó en las urnas.

Nada más falso que Morena, solo por apoyar al presidente elegido de sus filas, sea una fuerza autoritaria. Al contrario, Morena surge como opción de todos los sectores sociales que fueron ignorados o incluso marginados por los partidos antes dominantes. Es un partido que representa a los que no estaban representados. Y esa representación tiene las mayorías para ejercer su programa.

Por años se discutió en columnas, salones de clase y foros como crear mayorías en el Congreso. La realidad demostró que solo era necesaria una cosa: como dice mi colega José Ahumada, gobernaron mal y robaron a manos llenas. El sueño mayoritario nació en las elites políticas, mediáticas e intelectuales como defensa velada de un programa y de sus posiciones. Es honesto decir que querían las mayorías para eso, pero deshonesto es no reconocer las consecuencias de sus sueños: estos sueños mayoritarios pueden ser conquistados por alguien más, pero a diferencia de ellos, se hizo por la vía de los votos.

Decían que no querían mayorías para que no hubiese parálisis legislativa, como si este fuera un problema neutro en cualquiera circunstancia. En realidad, querían mayorías para su programa y lo lograron, se llamó Pacto por México y el elector decidió que, después de darles los números, le darían el poder a la oposición para revertir ese proyecto. Eso es la democracia y ya va siendo tiempo de que se acostumbren.

El Congreso hoy representa a la mayoría del presidente. Es lo más natural con las democracias. Y el Congreso será oposición al presidente cuando el elector así lo decida. No antes, no por deseos de la minoría que hoy, como Morena una vez, tiene que construirse como opción electoral. Ningún triunfo es para siempre en democracia y Morena lo sabe. En tres años se verá en las urnas si el elector quiere que haya gobierno unificado o no. Lo que nos distinguirá es que sigue y seguirá habiendo elecciones libres.

Basta ya de falsos demócratas. La democracia es ruido, campaña, elecciones, debate, pluralidad, pero pluralidad en la que algunas veces una minoría logrará ser mayoría. No habrá más un congreso silencioso, ni tampoco un congreso de unos cuantos. El próximo gobierno deberá estar a la altura de las circunstancias y sus electores decidirán en consecuencia, pero es irracional que les pidan a los representantes de los electores que sean opositores al gobierno que respaldan. Basta ya de falsos debates y sean honestos: defiendan sus programas y sepan que esa defensa implica que hay ganadores y perdedores. Por años millones fuimos los perdedores y por fin tenemos la oportunidad de revertir el saqueo y de eso, las elites, fueron las responsables.

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Por el México que sangra pero que sigue. Mi voto por Andrés Manuel.

No estoy consciente de los demás, pero siempre he sentido, desde aquel ya lejano 2004, que tengo una especie de relación difícil e intensa con Andrés Manuel López Obrador.

En casa me enseñaron sobre la izquierda, pero en las calles, marchando contra el desafuero, aprendí de verdad sobre política. Hice de todo a la sombra del líder político: entregué propaganda por las calles, colgué mantas, llamé a militantes de mi entonces partido para rescatar la estructura del voto que estaba resquebrajada, llevé comida a los representantes en una camioneta y recibí actas de escrutinio es esa terrible elección de 2006. El PRD había enviado a un delegado en mi distrito. Era un hombre de Tabasco cuyo nombre no recuerdo. En la noche del 2 de julio, después de que Luis Carlos Ugalde hablara, él fumo con tranquilidad su cigarro y asestó con dureza: ya nos chingaron. Es la seguridad con la que habla un militante de izquierdas, la derrota siempre es igual, fácilmente identificable.

El problema no era el PREP, el problema no eran los votos, fueron los errores, fue la falta de estrategia y organización. Lo supe y callé en un partido que todavía le tenía fidelidad a Andrés Manuel. Fui de las pocas manos incautas que votó en contra del plantón en la Convención Nacional Democrática. No fui un entusiasta, aunque iba algunas veces al campamento del Estado de México a dejarle comida y cosas a una amiga del partido. Me alejé del partido con enojo. Y así ha sido mi relación con Andrés Manuel. Siempre hace algo que me causa enojo.

Sin embargo, en 2012 todavía pensaba que podíamos ganar. Soñaba con un 1ero de julio celebrando en las calles del Estado de México. Andrés Manuel ya se había mesurado. Había sido más estratégico. Aunque no había nada garantizado, me reconciliaba con él, porque en muchas cosas, a pesar de sus errores, él sabía darme esperanza. Más porque enfrente estaban aquellos priistas del Estado de México los cuales los mexiquenses hemos soportado: no hay ser más corrupto que ellos. Taimados, siniestros.

Mi partido se desmoronó frente a mis ojos. Mi vía para cambiar la realidad caía en manos de traidores -que yo sabía el mismo Andrés Manuel algún día los empoderó-. Ya no era el partido de Heberto, quien defendió la democracia en mi pueblo, Tejupilco, en 1990 contra el fraude en las elecciones municipales ejecutadas por el gobierno estatal. Ya no era el partido del sensacional Pablo Gómez, el parlamentario más extraordinario que he visto debatir. No era el partido de Cárdenas, no era ya, el partido de mis padres.

No obstante, aquí estamos, nuevamente, todos en las puertas del poder. Con todo y mi enojo nuevo con Andrés Manuel por incluir a tantos advenedizos, personas que detesto profundamente, lo comprendo. Ganar requiere de abrir los brazos a muchos que nunca pensaste abrazar. Espero que quizás en el futuro rindan cuentas de lo que nos hicieron alguna vez, pero sé que hoy no es ese día. Pero anoche escuché a Andrés Manuel y me dejó claro que sus héroes también son mis héroes: Monsiváis, Scherer, Campa, Cárdenas y Cárdenas, Madero, Juárez, los estudiantes del 68, y muchos más. A los caídos rindió homenaje y sí, ellos van al frente, antes que nadie más, pero, sobre todo, va antes el pueblo.

Andrés Manuel envejeció como mi padre. Ambos encanecieron y se hicieron más sabios, más nobles. A pesar de los errores de ambos, sé que hay una genuina pasión por los pobres. Como dijo Morelos, de ambos he aprendido, que es necesario moderar la indigencia y la opulencia. Andrés Manuel ha visitado mi pueblo y es recibido por todos una y otra vez. Y es una de las razones más claras por las que votaré por él: recorrió México como mi padre lo recorrió conmigo. Ha visto al verdadero México, ese terrible, pero a su vez noble. Ese que sangra pero que sigue.

Con lágrimas en los ojos me dije esta mañana. Vamos a llegar, no yo ni él, más bien esos, quienes no hemos podido definir nuestros destinos, los de piel morena, los pocos medianamente privilegiados por el esfuerzo de muchos, pero, sobre todo, los muchos jodidos, vamos a llegar. Quizás no logremos mucho, quizás muchas cosas permanecerán, pero al fin vamos a llegar y eso es un mensaje poderoso: alguien como nosotros puede ser presidente.

Muchos de mis amigos tienen razón: llegar en las condiciones en las cual se va a llegar ahora no es para nada ideal. Comprendo incluso que con ética y radicalidad -y digo radicalidad en el mejor de los sentidos- se negarán al cambio electoral. Los apoyaré en sus luchas y denunciaré lo que haya que denunciar. Pero algo me queda claro, como un egresado de ciencia política: nada que podamos soñar hoy, en las condiciones que tenemos, se puede sin el Estado, sin el gobierno. Quizás me equivoco, pero es mi convicción.

Mi voto es por Andrés Manuel porque atacaron a mis maestros. Desaparecieron a mis compañeros estudiantes. Olvidaron a los niños a los que mi mamá les daba clases. Les quitaron la tranquilidad a mis vecinos. Abandonaron mi país. Mi voto sí es de rabia, pero esta no viene de mis tripas, sino de mis ojos. Mi voto también es de esperanza, porque habrá terreno fértil para nuevas luchas. Adelante, Andrés Manuel, esperamos mucho de ti.

19S-2017 ¿Quiénes son el Estado en México? 

Después del sismo del 19 de septiembre nos percatamos nuevamente de la plasticidad del concepto de Estado. Por un lado, el Estado como organización cumplió con tareas y abandonó muchas otras. En términos reales, el Estado se volvió una organización más entre las organizaciones que apoyaban en el rescate de personas. El Estado autónomo de la sociedad, más que coordinador de la misma. El Estado fracasó en la organización de la ayuda, en informar de los riesgos, en las tareas de regular las construcciones, de proveer de alimentos y herramientas. Aunque hizo mucho, el Estado no fue suficiente y terminó en el mismo rango jerárquico que los ciudadanos.

Por otro lado, este 19 de septiembre, los ciudadanos, al asumir las tareas del Estado, nos convertimos en Estado. No aquella organización que ocupa la legitimidad del proceso histórico revolucionario de 1917, sino en una organización latente que coordina en el territorio la fuerza de sus propios miembros. Las personas tomamos las funciones de policía, protección civil, atención médica, coordinación logística, información al público, reconstrucción y regulación de la vida común. Fuimos Nación hecha Estado por varios días. En efecto, el término es sociedad civil, pero ante la falla de esa otra organización no se puede afirmar que no somos Estado también.

Esto deja de relieve que mucho de lo que sucedió fue por cosas que dejó de hacer el Estado (la organización) o cosas que hizo mal, por corrupción (ya sea negligente o deliberada). No adquirió las capacidades que debía tener. Abandonó a muchos a su suerte. Incluso, en más de una ocasión, sus conductores, la clase política, estuvo pasmada, dio a conocer información falsa y se enredó en discusiones frívolas. Así esa organización ha estado perdiendo (para nuestro asombro) mucha más credibilidad.

Hay muchas tareas inmediatas, pero la más importante es construir un Estado con una clase dirigente que sea capaz de proteger el derecho más importante de los humanos: la vida. No es menor, es construir al Estado desde el mismo Estado.

En búsqueda del bizcochito Macron

No hay nada más intimo que los deseos. Tanto pueden ser la expresión de las carencias más profundas como de los placeres más recurrentes, o, como en este caso, de las necesidades más urgentes. Un deseo profundo de la élite mexicana, y de los intelectuales neoliberales del mundo, es moldear la realidad a para atender la urgencia de prevenir el desastre que se aproxima: podrían quedarse sin una presidencia.

El deseo político, al igual que los antojos del estomago, causa salivación ante la aparición de un sabroso bizcocho. En este caso, se llama Emmanuel Macron. Más allá del sex-appeal del ex banquero, tiene todos los atributos que presentaba en algún momento Enrique Peña Nieto: un atractivo político joven capaz de impulsar una agresiva agenda de liberalización de la economía.

Claro, como cualquier deseo, este se disfraza. Las propiedades tangenciales llenan las frases de los promotores de la reencarnación de Macron en México: queremos un ciudadano, un independiente, un joven, un audaz líder, un reformador. En si, dicen que quieren el empaque de colores brillantes, pero en realidad ocultan el dulce pan relleno lleno de reformas que adelgacen el Estado, que provean de represión (le llaman seguridad) y que den al país una imagen cosmopolita que tanto le hace falta.

El Macron mexicano, que buscan como jóvenes que le dan la vuelta centro del pueblo en pleno cortejo, es una proyección innata de las inseguridades. Ansían al príncipe azul que los protegerá el dragón. El dragón, intuyo un distinguido tabasqueño devenido en alcalde de la ciudad sin límites, les atemoriza porque les amenaza el mundo de maravillas que el príncipe anterior les otorgó: la bursatilización de Pemex, la mecanización del oficio magisterial, la simulación de la competencia mediática (necesitan espacio para los cuates que no tienen chamba), la flexibilización de los contratos de sus trabajadores de limpieza, la modernidad pues.

Lo interesante es que, en pos de hacer soñar a los demás, lo han ofrecido como todo y nada. El País, digno representante de los intelectuales iberoamericanos del neoliberalismo, ha presentado a Macron como un John Rawls reencarnado, aunque a Rawls mismo se hubiese ido de bruces ante el verdadero programa económico del ex banquero (disculpen que sea molón, pero es lo que es el don ese). En buena medida, todos tienen su propio empaque brillante (su muy personal Macron del corazón), pero lo que les interesa es la grasita neoliberal o ramplonamente pragmática.

La Junta de Conservadores, que bien podría ser hoy la página editorial del Excélsior y Milenio, invitó en un día como hoy, pero de 1863, a un joven aristócrata para gobernar desde el lago hecho ciudad. Esa elegante imagen de modernidad es lo que hoy ruboriza de ambición a los que buscan al Macron mexicano. Por desgracia para ellos, el Macron tiene que ser mexicano porque no les alcanza el tiempo o los votos para reformar la constitución, pero les juro que la reformarían si pudieran. El deseo por un gobernante extranjero deviene del vacío del defecto nacional apropiado: no somos lo suficientemente civilizados y chicks.

¡Buena suerte a los valerosos buscadores del Macron mexicano! Se lo exhausto que es buscar a su bizcochito azul. ¡Tantas comidas en restaurantes de Polanco! ¡Tantas visitas a Miami! ¡Tantos grupos de whatsapp con listas interminables! ¡Tantos sueños e ilusiones! ¡Tantas citas a ciegas al calor de las velas aromáticas! Les deseo suerte, estoy ansioso por que lo encuentren. Esto porque, cuando ustedes ya se encuentren con él, yo le pueda solicitar a mi querido Tlaloc que se los lleve a todos juntitos por el río del circuito interior directo al desagüe de la ciudad. Nos ahorrarán mucho tiempo para hacer cumplir a muchos uno de nuestros deseos más añorados.

Gasolinas: ¿partidos de izquierda contra el Estado en México?

Estamos en el peor de los mundos. Por un lado, después de años de depredación de la industria energética, la derecha partidista ha logrado desmantelar la capacidad productiva de Petróleos Mexicanos y han creado mercados concentrados y mal conectados para la distribución de energía (ver este texto de Diego Castañeda). Por otro lado, dicha concentración ha provocado un aumento de los energéticos justo cuando México estaba implementado un impuesto verde a las mismas, en el momento en que han bajado los precios del petróleo y que nuestras finanzas públicas languidecen. De esta manera, las clases medias se manifiestan contra el Estado –y contra el impuesto, no a la concentración del mercado-, y la izquierda partidista en México ha decidido apoyar esta protesta.

En pos de una victoria electoral, estas izquierdas están tirando varios tiros contra su propia supervivencia en caso de ser gobierno. Atacan a la capacidad recaudatoria del Estado (adoptando el lenguaje derechista de comparar a recaudar con un fin malévolo), se olvidan de las capacidades regulatorias del Estado y, paradójicamente, empujan a que la respuesta del Estado sea subsidiar a las clases medias en una coyuntura de bajos ingresos, lo cual llevaría irremediablemente a un aumento de los impuestos por otra vía (el IVA generalizado) o el recorte a servicios públicos. Si sobrevivimos a esta crisis moral del gobierno sin cambios substanciales, de cualquiera manera la izquierda ha decidido gobernar para las clases medias y no para los demás con tal de ganar elecciones. Eso provocará que, cuando sean gobierno, o fallen cumpliendo sus promesas a la clase media o las cumplan desmantelando al Estado mismo.

Me preocupa la incapacidad técnica de la izquierda de enfatizar que hay problemas de mercado e infraestructura, y no problemas con un impuesto específico. En lugar de eso, se han lanzado a la protesta contra la herramienta que ellos deberían querer utilizar para redistribuir. No han propuesto subsidios a ciertos productos o personas para enfrentar la carestía, u ofrecer el aumento del salario mínimo, o arreglar con inversión ciertas áreas. Simple y llanamente se lanzaron contra un impuesto. Si son incapaces de entender las implicaciones de estas coyunturas, ¿qué harán siendo gobierno?

Lo peor, en todo caso, es que estas izquierdas se enfrentarán a un escenario de finanzas públicas todavía peor, se viene el aumento de la deuda, en especial los pasivos del sistema de pensiones (vale la pena revisar el reporte del CIEP sobre este y otros temas). Si la izquierda logra su cometido electoral de presionar a la derecha para impulsar un recorte del impuesto a las gasolinas, entonces estaremos en un severo problema que generaciones de mexicanos tendremos que cargar. Entonces se hará necesario el aumento de impuestos y no precisamente para financiar proyectos públicos.

Un triunfo más de la derecha en México ha sido encuadrar el debate de la corrupción y las finanzas públicas en dos premisas esenciales, la corrupción es solo de servidores públicos y en esta se va todo el dinero público. Obviamente hay casos de sobra para ver que esto sucede, pero la izquierda es incapaz de enfatizar que la corrupción también son las exenciones fiscales (ver el reporte de FUNDAR), son la falta de regulación, la adjudicación de obras y la influencia en decisiones públicas, todo del sector privado. En especial, la izquierda es incapaz de apuntar que a estos grupos son a los que hay que subir impuestos. Además, al concordar a la crítica del gasto público, la izquierda es incapaz de defender aquel gasto que si le llega a los que más lo necesitan: educación pública, salud, seguridad pública, pensiones (sí, las personas mayores necesitan vivir de algo) e infraestructura pública. En lugar de apuntar que la corrupción es una privatización de lo público, han dejado impune el discurso a que la corrupción es ineficiencia y robo del Estado.

Igualmente, nuestra izquierda no es ecologista. Mientras los partidos de izquierda no pueden criticar al Partido Verde si no son ellos verdes primero. Las izquierdas tienen que enseñarle algo claro a los mexicanos: la humanidad abusó de las energías sucias (en especial del petróleo) y el planeta (con nosotros en él) sufrirá las consecuencias. La labor política de la izquierda no sólo debe prometer el bienestar sin asumir los costos del mismo, en especial, debe enseñar sobre el costo colectivo que implica el consumo irresponsable de petróleo. Pero, su ceguera es tal que son incapaces de promover que invirtamos en energías limpias, infraestructura de trasporte de carga y transporte público. Hay alternativas, pero no quieren llevarse el costo de atacar al tótem cultura de las clases medias: el automóvil. Pues se las dejo fácil, el automóvil nos matará a todos después. El trabajo de la izquierda ecologista (que no hay en este país) es demonizar al automóvil y ofrecer alternativas.

Seguramente muchos creen que con enojo sobra y con gobierno honesto alcanza. Espero tengan la razón, pero dudo mucho que lo logren. Han abandonado la lucha cultural y de posiciones y se han mimetizado con la derecha que busca energías sucias, privilegios para unos sectores y adelgazamiento del Estado. Lo peor es que el fracaso de las izquierdas partidistas en México será un fracaso para el país y su eliminación del escenario político en el futuro. Cuando la borrachera de industrialización sucia se haya detenido por la crisis que se avecina, entonces la derecha tendrá todo el camino para hacer y deshacer lo que quiera.

No coincido con que la izquierda partidista en México debe subirse simplemente a la rabia popular. Debe redirigirla y educarla, por más chocante que suene. Debe hacerla progresiva, ambientalista y a favor de transformar y robustecer al Estado. Si no hace eso, no veo porqué deba seguirla llamando izquierda.

Otro mundo posible, otra izquierda posible

No me preocupa mucho la usual contradicción en la que caen los derechistas al exigir democracia y derechos en Cuba mientras ellos son incapaces de defender lo mismo en México. Ellos defienden un orden jerárquico del mundo y atacar a cualquier proyecto político que lo desafíe es parte natural de su comportamiento. En cambio, me preocupa más lo que los ciudadanos de izquierda tengamos que decir ante la muerte de Fidel Castro. Pero no sólo ante la muerte de Fidel, también ante un debate que se ha dado en los últimos días sobre los votantes obreros blancos de Donald Trump.

Claramente juzgar al Fidel Castro y a la Revolución Cubana con nuestros estándares actuales es injusto. En esos tiempos las alternativas electorales de las izquierdas en América Latina eran perseguidas, prohibidas, marginadas o saboteadas. Tener un gobierno de izquierda en la región era un logro extraordinario, era una hazaña imposible. Por eso hay una admiración autentica esa lucha. Muchos somos hijos de una generación de hombres y mujeres que pensaron que un mundo diferente era posible gracias a los barbudos. No obstante, el problema de Fidel fue no cambiar a Cuba, ya pasada la coyuntura de la guerra fría, hacia una apertura a favor de las libertades y la democracia. Por eso, más que suscribir a los liberales de derecha que demandan libertades allá, porque su animadversión está más dirigida a la idea de lo colectivo, creo más bien la crítica de izquierda que se ha hecho a Cuba y la Unión Soviética y a muchas alternativas de izquierda en la región: sin derechos humanos y sin libertad no podemos pensar la igualdad.

También estoy consciente que Cuba fue un estandarte de un valor que no podemos dejar de pensar: el antimperialismo anticolonial. Uno de los logros más extraordinarios de Cuba y las revoluciones socialistas en África fue darle fin al colonialismo europeo y norteamericano. No es poca cosa. La vocación internacional por la libertad también implica la libertad de las naciones ante otras. Sin embargo, la liberación de un pueblo ante otro gobierno no justifica moralmente, desde mi perspectiva, imponer un régimen dictatorial hacia el interior. No importando mucho mi opinión personal, las decisiones alrededor de la libertad nacional y la libertad de los ciudadanos deben ser dirimidas por los ciudadanos. Serán los cubanos quienes decidan en el largo aliento el país que quieren ser. Serán ellos y sólo ellos quienes reconciliarán el legado anticolonial del castrismo y la herida profunda del exilio.

Mi posición siempre ha sido que no hay libertad sin igualdad y no hay igualdad sin libertad. Ni si quiera es un postulado socialista, es un postulado de la vieja filosofía occidental. Una parte de la alternativa socialista optó por imponer la igualdad y a esperar a la libertad cuando hubiese desaparecido el fin Estado. Yo no veo cercano el escenario de un mundo sin Estado o sin Estados, luego entonces no creo en una ponderación entre valores sólo por esperar que la última herramienta de control social desaparezca. Sin embargo, lo hecho en Cuba, y en muchos otros países, que logró reducir o desaparecer cosas tan terribles como la falta de educación, vivienda, salud y comida, siempre debe ser visto como una gran obra humanitaria. Simplemente hay que decir que deseamos eso y también la libertad.

No postularía al un modelo cubano como alternativa para mi país, pero tampoco acepto que los productores de miseria, los derechistas, sean quienes nos den lecciones de moralidad liberal. Un liberal autentico como John Stuart Mill o Rawls claramente vería imposible la libertad sin la igualdad. No me queda claro que el modelo de partido único comunista sea un modelo como el que Rawls pensaba de diferencias justificadas para llegar a la igualdad. Creo que eso es el gobierno democrático. Sencillamente debemos aspirar a lo mejor que se hace en todas las naciones para enarbolar la dignidad humana.

Por eso, para mí es preocupante que desde hace muchos años siga latente la misma justificación que se usó con Castro a Hugo Chávez para implementar su agenda. No creo que el antimperialismo siempre tenga que venir acompañado de la manipulación de la democracia. Cuba es comprensible –más no justificable- dada su dependencia de la Unión Soviética ante el bloqueo norteamericano. Venezuela no me parece comprensible con su independencia petrolera. Las izquierdas deben ser socialistas, demócratas y liberales simultáneamente, en la mejor tradición de las libertades políticas que conocemos como derechos civiles. Nuestra oposición debe ser contra el modelo de desregulación sin control del mercado. Cuba y Venezuela, a pesar de las virtudes que tengan, no deben ser nuestros nortes.

Esta posición también implica evitar el otro lado del balance: no debemos ser una izquierda que se mimetice con la derecha. No debemos ser una izquierda que solo busque paliar la miseria del capitalismo. No debemos dejar que nuestras decepciones con las izquierdas como la cubana o la venezolana terminen por lanzarnos a la simulación de la tercera vía o incluso en la derecha reaccionaria. Se puede ser de izquierda y se puede ser crítico del autoritarismo. Prefiero la posición de un Arnoldo Martínez Verdugo oponiéndose desde el comunismo a la invasión soviética a Checoslovaquia que ser un Luis González de Alba, pertrechado en la derecha para ser su juguete preferido. Por eso, el surgimiento de alternativas como Bernie Sanders y Jeremy Corbyn me ha esperanzado en el último año. Para que tengamos otro mundo posible necesitamos otra izquierda posible.

Finalmente, este debate nos debe permitir un ejercicio serio de revisión del complejo legado de Fidel Castro. Igualmente, con ese ejercicio crítico debemos examinar la complejidad que se advierte con la aglomeración de cierto voto obrero blanco a favor de Donald Trump. Aparentemente, algunos creen que, ante el triunfo de una posición de clase dirigida hacia la derecha, es tiempo de enterrar la posición liberal de las izquierdas sólo por haber estado asociada a la tercera vía. Nada más falso, las posiciones de clase también están entrecruzadas por aquellas libertades y discriminaciones que millones sufren por condiciones de género, raza, orientación sexual, nacionalidad o creencia religiosa. Al despreciar a la tercera vía, que vio en las condiciones de subordinación por condición una oportunidad electoral, no estamos calibrando un legado que si es de Castro y un error que es de Castro: Cuba encabezó el antirracismo y fue un perpetrador de la discriminación contra poblaciones homosexuales. Hay que separar los liberalismos y entender que el económico no equivale al político. El liberalismo político se traduce en la larga lucha contra la discriminación que, a su vez, también tiene un impacto fundamental en las posiciones de subordinación de clase. Lo que hizo Trump es activar el privilegio racial para separar a los obreros blancos de su condición de iguales ante otros obreros que no son blancos. El liberalismo político no es nada más amabilidad ante la diversidad, es un acto profundo de desmantelamiento de las posiciones de clase que se constituyen en lo simbólico y que condicionan lo material.

Espero que aprendamos de todas las lecciones que los últimos años y las últimas décadas para decir que la revolución socialista también debe ser liberal y democrática, feminista y antirracista, queer y anticolonial, o no será.

No es tiempo de cinismo ante Trump

Llevo tres horas leyendo estadísticas del voto en Estados Unidos y el cuadro no me queda claro. En efecto, los estados desindustrializados votaron por Trump mientras Hillary ganó el voto popular. Tendremos largos días para entender esto, y para los de ciencias sociales, hacer una profunda critica a nuestras disciplinas.

Sin embargo, desde mi profunda convicción de izquierda, me altera bastante que lo único que importa para algunos es la idea de la aceleración de las contradicciones y el fin del sistema, sin importar el sufrimiento humano que puede haber con ello. Incluso, no me queda claro cómo un millonario imperialista no fortalecerá ese sistema.

Me altera que, como los viejos marxistas, lo único que a muchos importe es que haya un problema de estrés económico (que no hemos examinado bien a bien todavía) sin considerar las otras aristas, lo siento, que protegen el liberalismo político (no económico). La tolerancia religiosa, la inclusión de la mujer y las minorías sexuales y la prohibición del racismo son parte de un ideal civilizatorio que deben ser indispensable para la izquierda. No por desear la muerte del sistema, que dudo que muera, hay que reír cínicamente mientras miles de musulmanes, mexicanos (si, mexicanos), mujeres, niños, gays, lesbianas, transexuales, transgénero, travestis, intersexuales y población afroamericana sufrirá. Lo peor, llevamos años reflexionando que estas condiciones estructuran la dominación de clases, pero hoy, cínicamente celebramos que los blancos con una movilidad social desacelerada tomen el liderazgo.

Queramos o no, Hillary, si, desde su feminismo centrista y pro libre comercio, era la barrera que protegía a muchas de estas minorías. ¡Protegía a millones de personas que consiguieron seguridad social en Estados Unidos! Si, ella no representa los valores socialistas de Bernie Sanders, pero era una aliada, si quieren pragmática, de millones de personas que hoy están aterrados y que posiblemente van a sufrir. Hillary, queramos o no, era la opción moral superior y el mismo Bernie Sanders nos lo recordó. Que quede en la consciencia, no era iguales, Trump y Hillary no eran iguales, no representaban lo mismo y una decente lectura de sus posiciones, carreras, incluso los malditos correos de Wikileaks, dejaba clara esa diferencia. Si, el pragmatismo para que otros no sufran era neoliberalismo, no neoliberalismo fascista.

Los riesgos son gigantescos, no sólo por todos aquellos que sufrirán, también por el regreso de la amenaza nuclear y el posible desmantelamiento de las políticas a favor de reducir el calentamiento global en Estados Unidos implementadas por Obama. Estos dos asuntos son cruciales para toda la humanidad. Trump ha hablado ligeramente de usar armas nucleares y ligeramente de que el calentamiento global no existe. Ese personaje dirigirá el gobierno más poderoso el mundo.

No es tiempo de cinismo regodeante que se cansaba de hacerse moralmente superior, sin considerar a los que sufren. Es tiempo de organización y en México, como dice Sergio Silva Castañeda, necesitamos unidad ante la amenaza. Además, de ser solidarios con los aquellos quienes están en Estados Unidos cuando necesiten nuestro apoyo.